La razón.


Sin tocarla, sin sentirla, siendo abstracta, duele, duele más que cualquier golpe material.
Una parte la nota suya, de sus brazos, de sus calladas y encallecidas manos, de su vientre hinchado de templanza, de corazón frío, sólo suya. A ésta se le une su visiblemente mitad, siendo o sin ser, enamorada tal vez, o tal vez simplemente encantada de comodidad, respirando aroma a compañía, dando la espalda a las caricias de su recíproca parte de la que siempre recibe aprobación, quedando por encima de la pequeña descendiente de su amor, abrazándola para tapar dientes mascones de heridas que duelen, y en cada efímero abrazo desprendiendo celosía.
La otra parte destapada, sin abrigo, careciente de muecas compañeras, creyendo que está a falta de cordura, moviendo sus pies por azulejos marrones desconocidos, haciendo cómplice únicamente de su mirada al plato de comida que la aguarda, viendo como la luna se esconde en la noche desde su particular cobijo, sintiéndose extraña, sin comprensión, mojando las sábanas de lágrimas, captando la indiferencia que la rodea, apreciando el abandono que seguidamente se producirá, dejando en el aire la esperanza de que esa boca rompa el silencio con algo más que palabras, rendida, aturdida.
¿Qué parte será quien la tenga? ¿Cuál de las dos la mecerá entre sus brazos? Sólo puede saberse que las dos la persiguen, y ella corre tras unos brazos desolados, no se sabe qué camino elegirá, cual sea, será el correcto, pues ella es la que manda, la razón.

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