Cuando era pequeña adoraba llegar a casa de mi abuela y que en el mueble del comedor hubiera peladillas recién compradas. Me encantaban. Me comía las que nos repartían, y a escondidas, siempre cogía más. Ahora tengo la sensación de que ya no soy tan niña porque en el armario ya no hay peladillas, pero yo las sigo buscando a escondidas.

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