Los 33 del 23

Leña sin humo para no levantar ni una sospecha. Arroz, tal vez, La Fallera. Mucha carne. Mucha maña. Mucho sabor a nada. Con una paella, Antonio Tejero, ex teniente coronel condenado a 30 años de cárcel por su intento fallido de golpe de estado el 23 de febrero de 1981, conmemoró el 33 aniversario de su propia bestialidad en el cuartel de la Guardia Civil de Valdemoro (Madrid).
Dicen que de tal palo sale tal astilla, y el refrán no parece un equívoco. El hijo del ex coronel, Antonio Tejero Díez, fue el anfitrión de la celebración. Varios veteranos golpistas, no absentos de remordimientos, acudieron también a comer paella, a exhibir material y vehículos de la unidad y a recordar aquella “hazaña” que los convirtió en súper héroes estrellados.
Otro intento de golpe de unos Aladines sin genio ni lámpara, seguramente con muchos deseos, incomprensibles para la mayoría de la población. Otro pistoletazo sin salida. Otra reunión, esta vez sin congreso, pero con mucho orgullo. Otro intento de nada.
¿Qué celebraban? ¿Los 30 años de condena de Tejero? ¿La mala comunicación entre el golpista y Armada? ¿Las horas en vilo que tuvieron aquel día 23 a todos los españoles? ¿El sabor de tener en sus manos el poder por unas horas? ¿Qué se contarían entre cucharada y cucharada de paella?
Pero al hijo del golpista la paella no le hizo una buena digestión. El ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, ha ordenado su cese inmediato como jefe Grupo de Reserva y Seguridad. Otro Tejero sin cargos. Sin zapatos de Guardia Civil. Sin tricornio. Sin pistola de fogueo que asuste. Otro Tejero amoral.

Así han sido los 33 del 23. Capaces 33 años después de seguir en sus trece. De no arrepentirse, si no de revolverse en aquel circo de marionetas que se quedaron sin hilos. Capaces 33 años después de reírse de aquello, de conmemorarlo en un cuartel de la Guardia Civil, orgullosos de una patria que en cierta manera nunca los amparó. Pero qué bien que por muy coronel que fuera, siempre se dejara un cabo suelto. Tanto padre como hijo. Tanto hijo como padre. Uno por querer tirar de dictadura. Otro por querer recordarlo. Uno por tener pistola en mano y ordenar que aquel Congreso besara el suelo. Otro por besarlo. Qué barbaridad. Sólo queda una pregunta, o mejor dicho, otro cabo suelto: ¿Por qué eligieron comer paella?

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