Demagogia barata


Hemos cruzado el Cabo de Hornos”. Comienza una nueva etapa. Adiós rescate. Adiós miseria. Basta de sufrimiento. Ese era el mensaje bañado de optimismo que dio Mariano Rajoy en el debate sobre el estado de la nación, celebrado el martes 25 de febrero.
Tras ininterrumpidos aplausos, Rajoy crecía con sus palabras. Anunciaba a los cuatro vientos que España está saliendo de la crisis, que éste es el año idóneo para crear empleo, para bajar los impuestos y prestar ayuda a todas las empresas mancas de recursos. ¿Pero qué aplaudían los testigos de semejante discurso demagogo? El 25,8% de la población continúa en el paro, no tiene trabajo, ha de luchar día y noche para llegar a fin de mes, para alimentar a sus familias y para mantener la ilusión de un país que se lava la cara con falsas promesas.
Y no sólo es el paro. Es la educación. Es la salud. Es la cultura. Son las condiciones laborales. Las miles de familias desahuciadas. Los millones de cajeros que ya no duermen solos. Los contenedores de basura que para muchos son tesoros. Las entradas de comedores sociales abarrotadas. El vacío de los bares. La soledad en los cines. El eco de los centros comerciales.

Señor presidente, aquí abajo estamos en crisis. Y nos cuenta respirar. Y nos cuesta vivir desahogados. Y aunque es cierto que miles de españoles tienen trabajo, para la mayoría no es suficiente. Porque la vida es cara. Usted nos hace pagar un precio alto. Un precio por vivir. Y tenemos que soportar que para usted todo esto haya terminado. Véngase una temporada aquí abajo, viva como nosotros, estire un sueldo mileurista para llegar a fin de mes. Seguro que no lo hace mejor que todos nosotros. Y aun así, a veces no nos falta la sonrisa.

Los 33 del 23

Leña sin humo para no levantar ni una sospecha. Arroz, tal vez, La Fallera. Mucha carne. Mucha maña. Mucho sabor a nada. Con una paella, Antonio Tejero, ex teniente coronel condenado a 30 años de cárcel por su intento fallido de golpe de estado el 23 de febrero de 1981, conmemoró el 33 aniversario de su propia bestialidad en el cuartel de la Guardia Civil de Valdemoro (Madrid).
Dicen que de tal palo sale tal astilla, y el refrán no parece un equívoco. El hijo del ex coronel, Antonio Tejero Díez, fue el anfitrión de la celebración. Varios veteranos golpistas, no absentos de remordimientos, acudieron también a comer paella, a exhibir material y vehículos de la unidad y a recordar aquella “hazaña” que los convirtió en súper héroes estrellados.
Otro intento de golpe de unos Aladines sin genio ni lámpara, seguramente con muchos deseos, incomprensibles para la mayoría de la población. Otro pistoletazo sin salida. Otra reunión, esta vez sin congreso, pero con mucho orgullo. Otro intento de nada.
¿Qué celebraban? ¿Los 30 años de condena de Tejero? ¿La mala comunicación entre el golpista y Armada? ¿Las horas en vilo que tuvieron aquel día 23 a todos los españoles? ¿El sabor de tener en sus manos el poder por unas horas? ¿Qué se contarían entre cucharada y cucharada de paella?
Pero al hijo del golpista la paella no le hizo una buena digestión. El ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, ha ordenado su cese inmediato como jefe Grupo de Reserva y Seguridad. Otro Tejero sin cargos. Sin zapatos de Guardia Civil. Sin tricornio. Sin pistola de fogueo que asuste. Otro Tejero amoral.

Así han sido los 33 del 23. Capaces 33 años después de seguir en sus trece. De no arrepentirse, si no de revolverse en aquel circo de marionetas que se quedaron sin hilos. Capaces 33 años después de reírse de aquello, de conmemorarlo en un cuartel de la Guardia Civil, orgullosos de una patria que en cierta manera nunca los amparó. Pero qué bien que por muy coronel que fuera, siempre se dejara un cabo suelto. Tanto padre como hijo. Tanto hijo como padre. Uno por querer tirar de dictadura. Otro por querer recordarlo. Uno por tener pistola en mano y ordenar que aquel Congreso besara el suelo. Otro por besarlo. Qué barbaridad. Sólo queda una pregunta, o mejor dicho, otro cabo suelto: ¿Por qué eligieron comer paella?

Detrás

Detrás. Siempre detrás. En la sombra con boina. Observando para instruír, pero instruyendo no de boca, si no de corazón. Y siempre detrás. Te gustaba la distancia física, pero no la emocional. Siempre un paso atrás. Estabas absento de modestia y repelías colgarte medallas. Pero qué bueno fue disfrutar desde tu palco, con hablar ya enseñabas. Hombre bueno, hombre sabio. Pero siempre detrás.

Eco

Eco. Que retumba fuerte. Además, repetidas veces. Eco, pero que no estalla, que refleja los sonidos más dulce de mi vida. El eco no efímero de muchos cómo. De muchas risas. Y de sonrisas. De muchos cuentos. De muchos finales. De mucha magia. De muchas instrucciones, no abdicables, si no de corazón. Eco de mucho. Siempre fui tu eco, aún sin levantar un palmo del suelo. Y aún lo soy. Y me reflejo en ti. Y me enorgullece ser tu eco. Firme. Que retumba. Que nos baila y nos mantiene en el centro. Ahora sólo espero que todas las esquinas del mundo hagan eco al unísono para cantarte cumple años feliz. Y para soplar las velas de tu tarta. Y para decirte que vamos a seguir retumbando en lo malo, en lo bueno, y en lo mejor. 

Mujeres

Pelo largo o corto, con mechas o sin, con manicura o con las manos cortadas. De allí arriba, o de aquí abajo, de instruir a voces o sosegando. Con pies de plomo o pies que saltan abismos. Con o sin parné. De la mano de la suerte o del abandono. Les une la naturaleza de ser mujer, y ese es el piropo más dulce del mundo. Felicidades a todas las que, alguna vez, me habéis “piropeado".

Lazo

Seda y lazo. Lazo y seda. Un lazo suave voluntario. De cariño construido sin esperar nada a cambio. Un lazo de dar. De regalar. Un lazo que con sus extremos te abraza. Y te protege. Y hace de coraza. Mi lazo. Mi lazo que siempre me eleva a lo alto. Mil veces mi lazo. Mi lazo para arriba, mi lazo para abajo. Hoy cojo hilo y aguja para bordarte un feliz aniversario. Y si quieres cantamos. O reímos. O seguimos cosiendo nuestro lazo.

El ramo

Nació el jarrón. Y el agua. Y el tallo. Y las hojas. Y la flor. Y su olor. Y mi permufe. Y tu dulzura, que es la mía. Nació mi vida sin saberlo. Y te forjaste. Y fuiste también niña. Y ahora eres mujer. Y yo te aplaudo, una y otra vez. Y me reflejo. Y sé reír porque me enseñaste a llorar. Y sé tocar porque tú me cantabas. Y... Y te quiero. Y a veces me faltas. Pero nunca me sobras.