Tía

Si coges una tarta y cada año le pones una vela más, significa que el tiempo pasa. Hoy hay que ponerle una vela más a tu tarta, y otra a mi vida. Eres tan dulce, que prefiero comerme el mundo contigo a comerme la tarta. Pero antes de comer, pidamos un deseo: Soplar siempre juntas. 
Somos mosaicos. Mosaicos con las caras de todos aquellos que han dejado su esencia clavada en nosotros. Mosaicos de momentos que nuestra alma siempre albergará. Mosaicos de todos los consejos que vamos acumulando a lo largo de nuestro camino. También mosaicos de errores y tropiezos. Y si juntamos estos pequeños pedazos, obtenemos la autenticidad que nos caracteriza.
Cuando era pequeña adoraba llegar a casa de mi abuela y que en el mueble del comedor hubiera peladillas recién compradas. Me encantaban. Me comía las que nos repartían, y a escondidas, siempre cogía más. Ahora tengo la sensación de que ya no soy tan niña porque en el armario ya no hay peladillas, pero yo las sigo buscando a escondidas.
Hay días de sol, días de lluvia, otros con luz, y otros en los que la opacidad se convierte en muro. Hay días y días, unos más largos, otros más cortos, y otros que transcurren sin noción del tiempo. Miles de días, miles de todas las clases, pero todos ellos tienen algo en común: que son únicos, nunca volverán a repetirse.
A veces, caminar por la pasarela da miedo, asusta, sus peldaños de madera te zarandean y las barreras guardan firme su vaivén. Pero cuando consigues cruzarla es maravilloso. Y entonces llega el mar con su inmensidad, y te abraza, y parece que nunca llegue el final. Eso es lo bonito de la vida, perderse, no quedarse en un peldaño y conformarse, si no saltar. Y no tengan miedo por si naufragan, siempre habrá un cabo que nos ate.
Odio las etiquetas, y no porque me pique la piel. Me incomoda que todo tenga que tener un nombre, un título que nos caracterice, un prejuicio más irascible que un papel. ¿Qué más da? Tampoco me importa de dónde vengas, si no cómo enfocas tu camino. ¿Me prestan unas tijeras? Comienza a picarme la piel.
La vida es como un perchero. Colgar y descolgar. Colgar abrigos de antaño, de piel, finos, de pana, con capucha, de cremallera. Hay abrigos que se caen del perchero, abrigos con etiqueta para aferrarse a tu percha y abrigos, que aunque no te pongas, no dejan que pase el frío. Mi perchero tiene abrigos de todas las texturas del mundo, y cada uno de ellos es tanto o más especial. A ti,abrigo que lees esto, gracias por abrigarme un año más.
En el estuche de la vida hay lápices, rayan gris y con el tiempo se borran, y fantásticas gomas que te ayudan a borrar ese carboncillo. También hay bolígrafos que dejarán su tinta azul para siempre grabada en la piel. Pero también hay colores, y son magníficos, y con su línea cromática te enseñan que la vida no es sólo gris o azul. Lo que más me gusta del estuche de mi vida son los permanentes de colores, que se quedan grabados y no hay goma que los borre. Eso sí, en el estuche no hay cabida para muchos permanentes, ese rango sólo lo tiene quien sabe llegarte al corazón.

Yaya

No hay mejor brasero en invierno, ni mejor frescura en verano. Tampoco mejor respiro, ni mejor escudo al daño. Tus palabras me dan vida, y reír a tu lado,a mí la fortuna me viene de casa, y pagada al contado.